¿Construir una catedral o construir una choza? La refundación de Venezuela, pero sólo si hay duelo nacional.
¿Será posible refundar a Venezuela y no cometer nuevamente los errores que nos han llevado a ser un Estado fracasado, sobre cuyos líderes pesan recompensas y órdenes de captura internacionales por crímenes de lesa humanidad y actividades criminales, además de propiciar una emigración forzada de casi 7 millones de personas?
¿Qué nos impide
refundar a Venezuela? ¿Por qué no hemos podido hacerlo? ¿Dónde hemos fallado? ¿Por
qué a pesar de tener las mejores Constituciones y las inconmensurables riquezas
petroleras y naturales, continúa aún el festín que enriquece a unos pocos, pero
que, sin pausa, empobrece a la mayoría y destierra a su mejor capital humano?
Si no sabemos cuál
es el problema, pasaremos otros 80 años quejándonos y añorando la Venezuela que
perdimos.
Luego de 26
constituciones desde 1811 hasta 1999, Venezuela ha llegado al extremo de que el
Estado es el dueño absoluto de los activos de la nación, lo que hace
innecesario en la práctica, la separación de poderes, ya que el Estado lo es
todo, y de los ciudadanos sólo se requiere su voto para legitimar el ejercicio
del poder.
Es interesante leer
el texto de las constituciones anteriores a la de 1961 y destacar de ellas como
progresivamente los legisladores fueron concediendo derechos sociales, pero al
mismo tiempo, fueron centralizando el poder y asignándole al Estado la
propiedad de los principales bienes y activos de la nación, alejando a
propósito un lugar apropiado para la inversión privada y obstaculizando la
economía de mercado.
La Constitución de
1999, la más reciente, asigna el poder de forma aparente al ciudadano, pero en
realidad, atornilla al Estado en el poder indefinidamente, y en el mejor estilo
socialista, vulnera los derechos de una parte de la ciudadanía que en
consecuencia se ve obligada a emigrar, lo que a su vez convierte al gobernante
en un individuo negligente en cuanto a la manutención de la infraestructura
productiva nacional y proclive a actividades criminales y al abuso de poder.
No es que los
legisladores hayan sido incapaces de separar los poderes, sino que, por el
contrario, se han asegurado de que el estado sea muy poderoso y autoritario. Todo
lo contrario de los padres fundadores de los Estados Unidos de América, quienes
se cercioraron de escribir una Constitución en la que el Estado y el Gobierno
no pudieran abusar del ciudadano, sino que más que bien, que tuvieran un poder
limitado y que dependieran absolutamente de sus contribuciones de impuestos y
por su puesto de su voto.
En Venezuela, los
líderes políticos y gobernantes han centrado sus carreras políticas en batallas
de corto plazo relacionadas con la búsqueda de la gobernabilidad y en una aparente
lucha social para conceder derechos a los ciudadanos para defenderlos del poder
del Estado opresor, pero en lugar de limitar el poder, se lo han dado todo al
Estado. Esa es mi conclusión después de leer las constituciones anteriores a la
de 1961, esta última inclusive.
Sin medidas efectivas
para limitar el abuso de poder del estado, la nación ha caído a través de su
historia, en dictaduras militares, luego en democracia populista y más
recientemente, en socialismo salvaje.
El problema no está
en la falta de elecciones, pues los venezolanos se han volcado a las urnas
electorales cuando se les ha requerido, y han elegido tanto buenos como pésimos
gobernantes, pero han elegido.
Entonces, ¿dónde
está la causa de nuestra desgracia nacional? Definitivamente esa causa
dominante está en los grupos de poder con intereses de diversa índole, que van
desde lo económico y lo político, pero que se extienden desde lo local y
nacional hasta lo supranacional.
¿Pero acaso esa
misma causa dominante no es la que se cierne sobre las cabezas de todos los
individuos que se lanzan como candidatos a cargos públicos en todo el mundo? ¿Por
qué en otros países, sin ser perfectos, si se ha podido controlar el abuso de
poder?
Le hemos dado todo
el poder político y económico de Venezuela a un monstruo, y ahora no sabemos
cómo quitárselo de las manos.
En Venezuela, el
abuso de poder inherente en la naturaleza humana aparece entonces abrazado a
las faldas del Estado, como élites y grupos de poder, quienes, en una simbiosis
nociva, negocian grandes y jugosos contratos, eliminando así la posibilidad de
competencia y de libre mercado para la producción nacional.
Todo es hasta el día
de hoy, negociable con el Estado a través de los amigos y las influencias, lo
que sigue asestando un golpe muy fuerte a la nación venezolana: La imposibilidad
de lograr un sano e imparcial Estado de Derecho, sin el cual es imposible materializar
la separación de los poderes, ni la gobernabilidad, ni mucho menos acordar unas
reglas del juego político en donde el ciudadano tenga realmente el poder de
cuestionar e influir en las pequeñas y grandes decisiones de su propio país.
En Venezuela, los
amigos y las influencias tienen muchísimo más poder que el ciudadano, por lo tanto,
no hay estado de derecho, pues el peso de la ley sólo recae en la espalda de algunos
ciudadanos, mientras que los amigos y las influencias pueden obrar impunemente al
margen de la ley, pues siempre habrá un juez corrupto quien les dará la razón. En
Venezuela, la Ley no es para todos, es para algunos.
Ese ha sido
nuestro gran error, no hemos sido capaces de controlar el ejercicio del poder. Nos hemos equivocado en confiar en
que la constitución haría nuestro trabajo de crear una nación próspera dentro
de los límites del estado de derecho y también nos equivocamos al confiar en
que los legisladores iban a balancear el ejercicio del poder para que este no
fuera abusado por élites poderosas, ni que el estado iba a ser el dueño de
todas las riquezas nacionales, constituyéndose en consecuencia en el estado omnipotente
y sordo a las peticiones de los ciudadanos.
Y lo que es peor
aún, en lugar de ciudadanos, creamos habitantes súbditos del Estado, pedigüeños,
y mal acostumbrados a que el Estado les proporcione vivienda, electricidad, gas,
transporte y alimentos. Además, los empresarios se acostumbraron a reinar en un
mundo sin competencia, con tal de tener amigos legisladores o en el gabinete
ministerial.
Nuestras constituciones,
han enunciado claramente la separación de los poderes Legislativo, Ejecutivo y
Judicial, pero los hombres y mujeres que a lo largo de nuestra historia han
asumido la tarea de conducir las tantas asambleas constituyentes que hemos
tenido, más las miles de leyes emanadas del Poder Legislativo, así como los diversos
planes de la nación elaborados por el Poder Ejecutivo, nunca han creado
mecanismos efectivos de control para evitar que el poder se concentrara en una
sola persona o en una élite, y en consecuencia, se ha fortalecido un estado omnipotente que decide,
actúa y distribuye la riqueza nacional a espaldas de los intereses de los
ciudadanos.
Los ciudadanos
venezolanos han participado en un ciclo vicioso electoral, a cambio de beneficios
irrisorios y pocos deberes. Todo con el sello aprobatorio de un Poder Judicial que
debe interpretar una constitución que no defiende a los ciudadanos del extraordinario
poder del Estado. A eso le llamo, el Modelo de Ilusión de Democracia.
Esta realidad nos
lleva a concluir que ni con el exhausto modelo de democracia ilusoria que hemos
tenido desde 1958 hasta 1998, ni mucho menos con el modelo socialista salvaje desde
1998 hasta el presente, hemos de alcanzar prosperidad sostenible. No sólo hemos
creado un monstruo, sino que se ha creado generaciones de habitantes adictos a
la corrupción del Estado.
¿Y entonces, qué
hacer?
Creo que la gente y
las naciones cambian, solo si el dolor por lo perdido, supera su umbral de comodidad.
Si no hay duelo, no hay cambio. Sólo cambiamos cuando nos recuperamos de la
caída.
Con este artículo,
pretendo hacer pensar en una lección que no hemos aprendido todavía los
venezolanos a pesar de que los hechos nos han golpeado en la cara como un balde
de agua helada.
El dolor por lo que
hemos perdido, todavía no supera el umbral de comodidad de todos los
venezolanos. Mientras millones de venezolanos ya estamos en duelo desde hace
años porque perdimos nuestras casas y apartamentos, pensiones, familias y hasta
nuestros muertos; gran parte del sector político y del sector empresarial viven
en una gran burbuja de comodidad, porque siguen encontrando oportunidades de
negocios con el estado socialista y corrupto.
Por otra parte, no queremos
ver el problema de fondo, e insistimos en buscar líderes que evidentemente no
dan muestras de enmendar los errores de sus antecesores.
Recientemente, dos
delfines políticos venezolanos, Claudio Fermín y Eduardo Fernández, se hicieron
sentir por su voluntad de entablar un diálogo con las fuerzas políticas
nacionales, incluyendo al sector gubernamental. Muchos nos preguntamos si
quizás el resultado final de nuestra ilusión de democracia hubiese cambiado
para bien, si Claudio Fermín y Eduardo Fernández hubiesen sido presidentes de
Venezuela en lugar de CAP II y Caldera II. Descorazonadamente, me atrevería a
aseverar que de todas maneras habríamos de llegar al desastre del Chavismo,
porque no se trata de un problema de gobernabilidad; sino de reconocer que el
error fundamental está escrito en las Constituciones y Asambleas Constituyentes
desde 1936 en adelante, cuando entronizamos y atornillamos al Estado Omnipotente
y Sordo.
Ahora bien, eso de reconocer
el error fundamental, suena muy bien, pero es en realidad una tarea titánica,
pues se trata nada más y nada menos, que quitarle el poder al monstruo abusador
que lo detenta; es refundar a Venezuela creando los mecanismos que esta vez sí hicieran
respetar la prosa de la Constitución, para funcionar como una verdadera
República bajo la ley, donde los poderes estén separados y que el ciudadano, representado
en esos poderes, sea quien tome las grandes decisiones. Reeducar tanto a
empresarios como ciudadanos sobre la importancia de su rol como fundadores de
una nueva Venezuela mediante el trabajo, el pago de impuestos y asumiendo
deberes que les permitan exigir lo justo por su sacrificio.
Reconozco que esta
tarea es aún más difícil cuando pienso en el desapego y valentía que deben
tener quienes voluntariamente la emprendan, pues deberán tener el carácter, la
templanza, sacrificio y los ideales de la misma talla de nuestro Libertador
Simón Bolívar.
Por ello, pretendo utilizar
la parábola de la construcción de una catedral, para enfatizar en la
importancia de sentar bases sólidas sobre las cuales ha de edificarse el país,
además de considerar que tomará muchos años antes de comenzar a ver buenos
resultados. La parábola contrasta la construcción de una catedral con la
construcción de una choza, siendo ésta última, la Choza, la representación de los
dos modelos fracasados que hemos utilizado y que obviamente nos han llevado al
quiebre moral y económico.
Insisto en que sí y
solo sí, se regula el poder y la ley es igual para todos, es cuando los gobernantes
pueden preocuparse por políticas de estado de largo plazo. Sólo en el período 1936-1958, la economía venezolana
creció sostenidamente en un 6.3%, porque el estado de derecho, las inversiones,
los impuestos, el trabajo y el número de habitantes estaban en su justa
proporción y lugar para los estándares internacionales de la época.
Al final de ese
período, el liderazgo político se concentró en el mediano plazo; comenzaron a
construir una catedral, pero paradójicamente, tampoco sentaron las bases para
regular el poder, porque no visualizaron el problema de fondo, y al abusar ellos
mismos del poder, fueron desterrados a pesar del excelente desempeño económico.
La ilusión de democracia
que tuvimos desde 1958 hasta 1998, nos trajo a un modelo político de dos
partidos de izquierda eufemísticamente llamados por ellos mismos como Centroizquierda,
AD y COPEI. Ese modelo político insólito excluyó a los partidos de derecha,
pues fueron rechazados y demonizados al asociarlos con la dictadura desterrada.
En consecuencia, al
no haber oposición ideológica de derecha, sus luchas por el poder fueron
internas, con visiones de muy corto plazo, con una única orientación ideológica
hacia la izquierda, cediéndole todo al Estado, por lo que retomando la idea
central de la parábola de la construcción o de la Catedral o de la Choza, en
este período no se trazaron planes de largo plazo.
¿Para qué trazar planes
de largo plazo, si en la práctica existían dos partidos de izquierda que podían
alternarse en el poder y reinar a perpetuidad?
Pues a pesar del
monopolio político, hay que reconocer que existieron presiones políticas
externas e internas que dificultaban la tarea de planificar. Venezuela se
encontraba en medio de la Guerra Fría, había movimientos guerrilleros auspiciados
por la Cuba de Fidel Castro y el Comunismo internacional; y los intentos de golpes
de estado mantenían un ambiente político inestable.
Convivimos en medio
de paradojas políticas, pues los partidos que habían nacido de la izquierda
ahora comenzaban a valorar el interés nacional al rechazar contundentemente los
intentos de la Cuba de Fidel Castro por tomar el poder en Venezuela.
Dos presidentes de
Acción Democrática, Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, se enfrentaron y derrotaron
militarmente a las Guerrillas de Fidel Castro, pero Rafael Caldera, del partido
COPEI, fue blando y extremadamente condescendiente con los enemigos de la
nación. Su política de pacificación dejó impune los crímenes cometidos contra la
nación y, por otra parte, el esfuerzo y la sangre derramada por las Fuerzas
Armadas no fue reconocida debidamente. Los héroes militares y civiles pasaron
desapercibidos.
Los líderes políticos
de ese período ni siquiera pensaron en construir una catedral; como pudieron
comenzaron la construcción de una choza, cuya base la fijaron sobre un pacto de
gobernabilidad, el Pacto de Punto Fijo.
En esta fase, hubo
muchas alertas que indicaban que la economía del país no iba por buen camino.
El economista Asdrúbal Baptista advirtió con la evidencia dura y clara de las
cifras económicas que la economía iba en una picada sostenida desde 1973 cuando
se nacionalizó la industria petrolera, pero nadie lo quería creer, porque sólo veían
la abundancia de la renta petrolera y la necesidad de mantenerse a toda costa en
el poder.
Así fue como nos
convertimos en una Venezuela Saudita en apariencia, pero plagada de pobreza, inequidad
e injusticia a pesar de disponer de educación gratuita básica, media y universitaria,
y en una población completamente ausente de deberes y complacida de la
abundancia, casi nadie pagaba impuestos y las leyes eran aplicables solo para algunos;
los jueces y abogados obedecían al mejor postor, sembrando así la semilla de la
corrupción generalizada y por ende la entrada lamentable de la podredumbre del
socialismo, que se alimentó de nuestra miseria humana. Al final de los 40 años
de ilusión de democracia venezolana, en el período 1958-1998, la economía nos
mató.
Construir una catedral requiere el desapego de no verla terminada en tu línea de vida. La construcción de una catedral dura un siglo. Si de Caldera y CAP heredamos sus chozas populistas y de Chávez y de Maduro, sus chozas socialistas, a los venezolanos en general nos queda la lección aprendida y el duelo de cómo hemos perdido nuestro país, a pesar de haber tenido al frente un mundo de oportunidades.
En el inventario de
lo que queda de la historia política y económica de la Venezuela reciente
(1958-2022), hay cuatro chozas, y un boceto de fundación de una catedral
esperando por un buen grupo de líderes que hayan comprendido el porqué de cómo
caímos tan estrepitosamente, en tan sólo 64 años, al fondo de este horrible
precipicio.
Me atrevería a decir
que no debemos cometer el error nuevamente de seguir esperando por la llegada
de un solo líder capaz de llevar a cabo la tarea más importante de Venezuela
desde su independencia hasta nuestros días, sino de un grupo de líderes con más
amor por la patria en sus corazones que interés por perpetuarse en el poder.
Desde mi puesto de
observación, todavía no he visto a un grupo de venezolanos quienes reúnan tales
condiciones, alguien como Carlos Rangel, Arturo Uslar Pietri, quienes comprendieron
el problema de fondo; los veo a todos conversando y negociando animadamente con
el insaciable enemigo socialista; de hecho, con muy contadas excepciones, veo
que casi todos son socialistas; ya no hay notables, y todos buscan acomodarse.
Aguzando la vista, veo
a una mujer valiente quien se ha enfrentado sin temor al mismo monstruo socialista,
retándolo de frente, en persona, por el abuso de la expropiación de propiedades;
pero cansado estoy de haber visto tantas traiciones y falta de coraje,
especialmente en los hombres y mujeres militares que juraron en vano ante la
Bandera defender la Patria y sus instituciones, que solo me resta creer que
ella si quiere desde su corazón de madre, ayudar a construir una Catedral y no
una Choza.
Tengo Fe en Dios que,
de nuestro duelo nacional, deberá surgir un grupo de arquitectos fundadores, integrado
por venezolanos de excepción conocedores de la política y la economía, quienes luego
de reconocer el error que cometimos, apasionadamente trabajen en equipo, recuperen
el estado de derecho y elaboren los planos para refundar a la República de Venezuela,
sin esperar verla hecha y derecha en su línea de vida, que comiencen a echar el
cemento, piedras y acero, con la esperanza de que la siguiente generación
ahorrará para comprar el mejor mármol del mundo y los mejores y hermosos materiales,
para que la edificación sea muy fuerte y alta, para que soporte erguida y
orgullosa por siglos por venir las inclemencias del tiempo y los ataques del insaciable
hombre corrupto. Así sería la refundación de Venezuela. Que así sea, te lo
pedimos Dios mío.

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