El valor del entrenamiento en la mar

 

 


Cuando llega el momento de los accidentes, averías, e incendios en la mar, es mejor que estés preparado física y mentalmente. Hay que entrenar muy bien a toda la tripulación.

Los tres años que pasé como Comandante de la Fragata Almirante García (F-26) fueron años inmejorables en toda mi vida, pues pude cristalizar el sueño más anhelado de un oficial naval, de comandar un navío de guerra. Creo que Dios nos bendijo y acompañó en tantas travesías en la mar, pues a pesar de los incesantes peligros, nadie de nuestra tripulación perdió la vida, y mantuvimos la nave operativa.

Nos entrenamos para desempeñar funciones reales de combate, para lo cual comenzamos con algo que pareciera obvio, pero que algunos prefieren dejar para «después», y el «después», nunca llega. Se trata de pensar y actuar como si se estuviera en combate. En la F-26, comenzamos por zarpar y atracar de noche en todos los puertos viables de Venezuela. Realizamos ejercicios diurnos y nocturnos de artillería de combate y fuimos la primera fragata en instalar cámaras de video para ayudar en las maniobras y disminuir la confusión por las órdenes verbales.

Nuestra tripulación estaba entrenada para ejecutar las maniobras de atraque con un mínimo de voces de mando y empleando las anclas de día y de noche para controlar la variable viento, y así proceder con calma, sin improvisaciones, y sin gritos, que confunden, y causan que el personal cometa errores.

Pero la maniobra que mejor recuerdo, fue la de evacuación de un marinero que resultó con una herida abierta en la mano izquierda, fractura de fémur y clavícula, en un accidente en la cubierta de maniobras de babor. Esto, durante un aprovisionamiento real en la mar con un buque tanquero americano durante una operación UNITAS. Mientras halaban el cabo de acero para enganchar la pesada toma de combustible, éste fue succionado por el agua entre los dos buques que navegábamos en paralelo. En segundos, el cabo tomó velocidad y le atrapó la mano, lanzándolo fuertemente contra el mamparo, ocasionándole una herida y fracturas.

Luego del desafortunado accidente, y como nos encontrábamos a pocas millas al Sur de la Isla de Puerto Rico, el marinero fue evacuado en helicóptero al buque hospital que nos acompañaba en las operaciones. Esta parecía ser la mejor solución, pero las cosas se fueron complicando con el transcurrir de las horas.

Nuestro médico de abordo me indicó que el marinero tenía que ser sometido a una cirugía de la mano en un plazo menor a las 48 horas, de lo contrario, podría perder el uso de la mano por la extensión de la herida. Envié al médico de abordo en helicóptero al buque hospital, quien constató que, por alguna razón, no tenían pensado todavía hacerle la cirugía. Durante la noche, pensaba que el único responsable por la vida y recuperación del marinero era yo, su comandante, no los americanos en el buque hospital, y que para eso fue que me confiaron el mando de una unidad de combate. Ya habían pasado casi 20 horas, de las 48, que me dijo el médico de abordo.

Esa noche, mi Jefe de Operaciones, el Teniente de Navío Bernardo Jurado Capecci, planificó una maniobra arriesgada, pero que, si la ejecutábamos a la perfección, resultaría en la completa recuperación del marinero. Quien, por cierto, era el marinero menos antiguo del buque, pero desde su embarque, se destacó por su gran vocación de servicio y entusiasmo.

En la madrugada, tomé la decisión, y solicité permiso al Comandante del Escuadrón de Fragatas, CA Gonzalo Acosta González, para apartarnos de la operación y dirigirnos con rumbo Sur hacia Venezuela. Recibí respuesta afirmativa inmediatamente y el Comandante del Escuadrón se desembarcó vía helicóptero a otra fragata venezolana para proseguir con la operación. Inmediatamente, cambiamos propulsión a turbina de gas y a 30 nudos de velocidad pusimos rumbo hacia la isla de La Orchila.

Al mismo tiempo, envié un radiograma con clasificación «FLASH» a la Comandancia General de la Armada, explicando la emergencia y requiriendo el envío de una Aero Ambulancia a la pista de vuelo de la Isla de la Orchila, y un helicóptero al aeropuerto de Maiquetía para el traslado inmediato del marinero al hospital militar en Caracas, pues el médico de abordo estaba seguro de que allí habría un cirujano especialista de la mano, así como también, traumatólogos para operarle las fracturas en la clavícula y en el fémur derecho.

La mayor dificultad de la maniobra consistió en lanzar el helicóptero al máximo alcance posible, tanto por su autonomía de vuelo como por la obligación de mantenerlo localizado permanentemente. Para ello, utilizamos el equipo de traqueo aéreo empleado para el lanzamiento de misiles superficie-superficie contra blancos ubicados más allá del horizonte radar. Todos los equipos electrónicos del buque se encontraban operando en perfectas condiciones, gracias a la constante labor del personal de suboficiales profesionales técnicos de carrera, y por ello, fue muy satisfactorio poder mantener constantemente la posición del helicóptero con su preciada tripulación y el marinero que necesitaba cirugía. Los minutos se hicieron horas, hasta el momento feliz en que el piloto reportó que volaba con pies secos, para indicar que sobrevolaba la isla.

El helicóptero aterrizó sin novedad en el aeropuerto de la Isla de la Orchila, y allí mismo esperaba el avión ambulancia de la Armada. El médico le examinó la herida e inmediatamente despegaron rumbo al aeropuerto de Maiquetía. Nuestro helicóptero se reaprovisionó de combustible, y luego de una breve pausa, decoló para interceptarnos en la mar. Reportó volar con pies húmedos y al cabo de un tiempo, que para mí resultaba una eternidad, lo detectamos nuevamente en nuestro radar y le dirigimos hasta interceptar nuestra posición, esta vez más cerca, pues el buque siguió avanzando a 30 nudos de velocidad para acortar distancia.

En otro lapso, pusimos proa al viento hasta que anavió sin novedad. Al poco rato, recibimos el reporte del traslado del marinero en helicóptero hasta el helipuerto ubicado en el techo del hospital militar en Caracas. El marinero fue operado quirúrgicamente de su mano y de las fracturas de clavícula y fémur izquierdo. Evitamos que le fuera amputada su mano o que perdiera sus funciones.

Mientras tanto en la mar, tomamos rumbo Noreste, para interceptar al Grupo de Tarea UNITAS, también a máxima velocidad para no perder los ejercicios en los que estábamos involucrados. Todo iba muy bien, reiniciamos los ejercicios, hasta que a medianoche: ¡Incendio en la sala de máquinas!, dijo el oficial de puente por los altavoces. Mantuvimos la calma, y gracias a nuestro constante entrenamiento, el fuego fue controlado por el equipo de control de averías en menos de cinco minutos, que fueron los minutos más largos de mi vida. La causa del incendio fue la altísima temperatura de los gases de escape de una de las turbinas a gas (750º C), que desafortunadamente, quemó unos soportes de goma del módulo de turbinas.

Podemos concluir de esta maravillosa experiencia, que gracias al entrenamiento de toda la tripulación pudimos poner a salvo al marinero menos antiguo del buque en una operación de extracción, calculada con precisión y valentía de todo el personal de abordo, donde la pericia de vuelo y entrenamiento de los pilotos del helicóptero fue fundamental. Demostramos que la vida de un marinero y su integridad física son la razón de ser de la Armada de Venezuela, y todo lo pudimos hacer porque nos preparamos para la guerra y nuestra mente no nos jugó malas pasadas, porque toda la F-26, desde el marinero menos antiguo, hasta el Comandante, todos, sabíamos lo que estábamos haciendo. Bravo Zulú a tope, en honor a la Fragata Almirante García (F-26), dondequiera se encuentre su quilla, por tan noblemente permitirnos desarrollar nuestra profesión y surcar en libertad los mares de la Patria venezolana. 

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